huella de carbono

La definición del desarrollo sostenible es uno de los pocos planteamientos que dentro de su sencillez encierra una vasta complejidad. Ésta es, “El desarrollo que asegura las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las futuras generaciones para enfrentarse a sus propias necesidades” (Comisión Brundtland, 1987). Aún, luego de 30 años de enunciada, muchas personas siguen preguntándose cómo iniciar este camino para alcanzar la tan anhelada meta.

Se entiende que un proyecto es sostenible cuando se entrelazan los ejes social, económico, y ambiental; es decir, se genera beneficio a la comunidad (stakeholders), es financieramente factible, y a su vez, amigable con el ambiente. Ahora bien, ¿Cómo se puede delinear algo así?

Desde la perspectiva empresarial, cubrir el eje social implica la atención de las necesidades de los diferentes actores que tienen parte en el proceso: empleados, clientes, proveedores de bienes y servicios, comunidades aledañas, entre otros. Atender el eje ambiental, corresponde al empoderamiento de las mejores prácticas que minimicen la contaminación y la generación de desechos sólidos de las operaciones. Todos estos requerimientos son absorbidos por el eje económico, que debe garantizar la rentabilidad de la actividad.

¿Resulta más económico contaminar? 

Indiferentemente del ámbito de la actividad económica desempeñada por la empresa, sus operaciones producen una afectación al medioambiente, en mayor o menor medida de acuerdo a su tamaño, al contar sus procesos con descargas líquidas, gaseosas y/o sólidas.

Para evitar una afectación irreversible de estas descargas sobre el ambiente, los Estados impusieron niveles máximos permisibles para la “calidad del agua y aire” emitida por las empresas. Tales restricciones, implicaron la instalación de equipamiento adicional para el procesamiento de estas corrientes, algunas con el consecuente incremento de los costos operativos. Con base en esto, muchas empresas comenzaron a autoproclamarse ambientalistas pero, ¿qué sucede con las emisiones de CO2, se consideran?

A diferencia de la calidad del aire, la emisión de dióxido de carbono no fue apreciable por la opinión pública a pesar de los llamados de la comunidad científica, sino hasta varios años después de implementadas diversas normativas ambientales internacionales. Esto se debió principalmente a que una nube de humo negro, o de polvo, es visible y afecta directa e instantáneamente la salud de los circundantes, mientras que el CO2 no se puede observar. Hoy día, el calentamiento global y el consecuente cambio climático producto de la concentración del CO2 en la atmósfera, es la mayor amenaza que posee la humanidad.

La medición de la huella de carbono (ver más) surge como una respuesta a la preocupación creciente de la opinión pública ante el fenómeno del cambio climático, enfocado desde el punto de vista corporativo en mostrar la sostenibilidad de las empresas. Técnicamente, para esta medición se contabilizan las emisiones directas e indirectas de las corporaciones en el desarrollo de productos específicos, o sus operaciones totales, de los siguientes Gases de Efecto Invernadero (GEI): dióxido de carbono (CO2), metano (CH4), óxido nitroso (N2O), hidrofluorocarbonos (HFC), perfluorocarbonos (PFC) y hexafluoruro de azufre (SF6).

Desde el punto de vista normativo, existe una gran variedad de estándares disponibles para la estimación de la huella de carbono. Para el enfoque Organizacional, se emplea usualmente la norma ISO 14064, mientras que para el de Productos se usan las normas PAS 2050 (británica) y la ISO 14067.

Indiferentemente del enfoque empleado, la estimación de la huella de carbono se basa en la contabilización del consumo de combustibles, o servicios, siendo requerida una  conversión estandarizada para calcular su equivalente de CO2. A tal valor se le denomina Factor de Emisión. Entre algunas de las actividades consideradas en este estudio se encuentran: combustión en equipos fijos (calderas, turbinas, plantas de emergencia), y móviles (vehículos particulares, de carga), compra de electricidad, vapor, materias primas, despachos de producto terminado, etc.

Una vez realizada la conversión a CO2, se puede apreciar la contribución a la huella de las distintas actividades, permitiendo comparar rubros que hasta el momento eran totalmente disímiles (Ej. Consumo de calderas vs. Transporte de producto terminado), dando esto una radiografía transversal de la operación de la empresa y otorgando mayores herramientas a la gerencia al momento de la toma de decisiones de inversión. Ésta, es la primera fortaleza de la huella de carbono.

Unos de los casos de éxito en el empleo de la información suministrada por la Huella de Carbono Corporativa en la toma de decisiones gerenciales lo ostenta DHL Nordic Express(1). A pesar que la norma 14064 no obliga la incorporación de las emisiones de los terceros de la empresa, DHL incluyó a toda su cadena de valor, con lo cual mejoró su habilidad para detectar oportunidades de ahorro en costos. A raíz de esto, la empresa estableció como requerimiento que cada asociado remitiera la información sobre los vehículos utilizados, distancias recorridas, eficiencia de combustibles y datos de antecedentes, siendo empleada esta data en el desarrollo de una estrategia para la evaluación de desempeño, y selección, del proveedor.

Cabe destacar que la implementación eficaz de esta herramienta incrementa, a su vez, el control operacional de las actividades de la empresa ya que recibe como insumos (inputs) todos los reportes (outputs) de las diferentes aristas del negocio, permitiendo la concentración y revisión adicional de datos que pudieron ser obviados por el departamento que lo reporta. Ésta, es la segunda fortaleza de la huella de carbono.

Por último, pero no menos importante, es el tema de la eficiencia energética (ver más). Si una organización se encuentra en los albores de la sostenibilidad, el definir las mejores estrategias para acometer medidas de ahorro de energía puede llegar a ser muy costoso; sin embargo, mediante la aplicación de la Huella de Carbono Corporativa se puede indicar la hoja de ruta preliminar para la mitigación de emisiones – y por ende disminución del consumo energético –,  lo cual a un costo moderado puede indicar los estudios e inversiones requeridas (tercera fortaleza). Adicionalmente, se encuentran las oportunidades de los Bonos de Carbono, tanto a nivel de MDL como de Mercado Voluntario, que es una oportunidad siempre atractiva para la promoción de este tipo de proyectos.

La eficiencia energética no implica necesariamente la implementación de tecnologías renovables, aunque siempre se puede considerar en una fase posterior. Fundamental es la atención del consumo existente, priorizando en las fuentes energéticas de mayor impacto a nivel de emisiones.

En conclusión, cuando surgió la definición de sostenibilidad a finales del siglo XX, ésta se enfocaba principalmente en el control y minimización de las prácticas contaminantes. En el XXI, todo se puede traducir en CO2, centrando el foco en la mitigación de las emisiones de GEI. No hacer nada y contaminar puede verse más rentable en teoría, pero en la práctica resulta lo contrario ya que son aquellas empresas comprometidas con el ambiente las que poseen una cultura organizacional, así como un desarrollo y control operacional, que demuestra que esa llamada “rentabilidad al contaminar” surge porque no se sabe apreciar cómo monetizar esas inversiones. Sólo se mejora lo que se conoce y controla. ¿Por cuál camino desea ir?

Referencias:

  1. World Business Council for Sustainable Development. GHG Protocol-A Corporate Accounting and Reporting Standard. Page 34 (ver más)
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